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¿Cuánto de ti elegiste realmente?

Agosto 30, 2026 · 6 min de lectura

¿Cuánto de ti elegiste realmente?

Hay cosas sobre mí que durante años traté como decisiones personales hasta que empecé a preguntarme cuándo exactamente las había decidido. No recuerdo haber elegido mi personalidad, mi facilidad para determinadas cosas, aquello que me produce miedo, la manera en que reacciono cuando me siento amenazado o incluso muchas de las cosas que me interesan. Algunas puedo rastrearlas hasta experiencias concretas, otras probablemente tienen componentes biológicos y muchas son una mezcla tan compleja de ambas que intentar encontrar un origen exacto sería bastante inútil. Aun así, cuando digo “yo soy así”, existe cierta sensación de autoría, como si en algún momento hubiera diseñado deliberadamente a la persona que ahora estoy describiendo.

Obviamente no fue así.

Nadie elige su genética, el cerebro con el que comienza a experimentar el mundo, la familia en la que nace ni las primeras circunstancias que empiezan a enseñarle qué esperar de otras personas. Tampoco escogemos nuestra inteligencia inicial, nuestro temperamento o muchas de las experiencias que posteriormente terminan modificándonos, y aunque con los años adquirimos cierta capacidad para intervenir sobre algunas de esas características, lo hacemos utilizando precisamente una mente que ya fue formada parcialmente por cosas que ocurrieron antes de que pudiéramos decidir demasiado.

Eso produce una especie de problema circular que me parece difícil de ignorar. Si mis decisiones dependen de mis preferencias, mi personalidad, mis experiencias y mi manera de razonar, pero yo tampoco elegí completamente ninguna de esas cosas, entonces resulta razonable preguntarme cuánto de una decisión me pertenece realmente. Incluso aquello que llamamos “fuerza de voluntad” aparece distribuido de manera desigual entre personas y circunstancias, porque decidir después de dormir ocho horas, tener estabilidad económica y contar con una buena red de apoyo no necesariamente exige lo mismo que decidir bajo cansancio, miedo o desesperación.

Sin embargo, llevar esta idea demasiado lejos produce una conclusión que tampoco me convence. Si todo comportamiento puede explicarse mediante genética, ambiente, experiencias anteriores y funcionamiento cerebral, podríamos terminar describiendo cualquier decisión como el resultado inevitable de condiciones previas y eliminar progresivamente la responsabilidad individual. El problema es que comprender por qué alguien hizo algo no significa necesariamente justificarlo, del mismo modo que reconocer las causas de una conducta no elimina automáticamente sus consecuencias.

Creo que esa distinción se vuelve particularmente importante cuando intento comprender mis propios errores. Hay comportamientos míos que ahora puedo explicar mucho mejor que antes y, en algunos casos, conocer su origen me ha permitido dejar de interpretarlos simplemente como defectos morales. Puedo entender por qué determinadas situaciones despiertan ciertas reacciones, por qué algunas cosas me cuestan desproporcionadamente o por qué he buscado ciertas relaciones aun sabiendo que probablemente no me convenían. Pero existe una tentación bastante cómoda en convertir cada explicación en una absolución: “soy así por lo que me pasó”, como si descubrir el origen de una conducta significara que ya no tengo ninguna responsabilidad sobre lo que produzca.

Y no creo que funcione así.

Puedo no haber elegido una inseguridad y seguir siendo responsable de no utilizarla para controlar a otra persona. Puedo no haber elegido sentir rabia y aun así tener responsabilidad sobre lo que hago mientras estoy enojado. Puedo reconocer que determinadas características de mi cerebro dificultan algunas tareas sin concluir que, por tanto, cualquier resultado está fuera de mis manos. La explicación modifica el juicio porque introduce contexto, pero no necesariamente elimina la posibilidad de actuar de otra manera.

También ocurre en sentido contrario. Nos gusta atribuir nuestros logros a decisiones personales con bastante más facilidad que nuestros fracasos, aunque las mismas fuerzas que complican la idea de culpa también deberían complicar la idea de mérito. Haber nacido con determinadas capacidades, conocer a la persona correcta, tener acceso a educación, disponer de tiempo para estudiar o simplemente encontrarse en el lugar adecuado son circunstancias que pueden modificar una trayectoria de manera enorme sin haber sido conquistadas individualmente. Eso no vuelve falso el esfuerzo posterior, pero sí debería hacernos un poco más prudentes cuando utilizamos nuestro propio resultado para juzgar a quien comenzó desde condiciones diferentes.

Esta parte me resulta especialmente incómoda porque me gusta pensar que aquello que consiga será mío. Si algún día termino Medicina, construyo una empresa, escribo algo que realmente me guste o alcanzo cualquiera de las metas que tengo ahora, quiero sentir que ocurrió porque trabajé para conseguirlo. Y probablemente será parcialmente cierto. Lo que sería más difícil defender es que únicamente ocurrió por eso, porque detrás de cualquier logro habrá capacidades que no fabriqué, personas que aparecieron sin que pudiera planificarlo, oportunidades que otros no tuvieron y una cantidad considerable de azar que normalmente resulta mucho más visible cuando nos perjudica que cuando juega a nuestro favor.

Reconocer esto tampoco significa que el esfuerzo sea irrelevante. Precisamente porque no controlamos las condiciones iniciales, aquello sobre lo que sí podemos intervenir adquiere una importancia particular, aunque nunca podamos separar perfectamente qué parte provino de nosotros y cuál de circunstancias anteriores. No necesito haber elegido mi punto de partida para poder modificar parcialmente mi trayectoria, del mismo modo que reconocer mis limitaciones no me obliga a tratarlas como instrucciones.

Tal vez por eso la pregunta “¿cuánto de mí elegí?” no tiene una respuesta limpia. Mientras más intento encontrar una frontera entre aquello que recibí y aquello que construí, más difícil resulta dibujarla, porque incluso las herramientas con las que intento cambiarme forman parte de la persona que estoy intentando cambiar. Mi capacidad para reflexionar, disciplinarme, pedir ayuda o corregir una conducta tampoco apareció desde cero.

Aun así, hay algo que me parecería peligroso perder dentro de toda esta explicación: aunque no seamos autores absolutos de nosotros mismos, seguimos siendo el lugar donde nuestras decisiones ocurren y donde sus consecuencias terminan afectando a otras personas. Quizá la responsabilidad no necesita significar “yo elegí completamente ser quien soy”, sino algo bastante más limitado: esto es lo que recibí, esto es lo que me ocurrió, esto es lo que progresivamente entiendo sobre mí y, desde aquí, todavía tengo que decidir qué hago con ello.

No elegí muchas de las piezas con las que terminé construyéndome. Algunas incluso las habría cambiado si me hubieran preguntado. Pero ahora que puedo ver al menos una parte de ellas, explicar de dónde vienen ya no es exactamente lo mismo que decidir qué hacer con ellas.

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