grismaldo
EN

Artículos

El viaje del héroe, ¿Cómo te transforma?

Diciembre 14, 2022 · 4 min de lectura

El viaje del héroe, ¿Cómo te transforma?
0:000:00

Hoy me quedé pensando en la relación entre sacrificio y éxito, aunque quizá la palabra éxito sea demasiado limitada para describir lo que realmente ocurre cuando una persona decide perseguir algo que todavía está lejos de su alcance. Existe una idea que aparece constantemente en las historias humanas y que Joseph Campbell terminó sistematizando bajo aquello que conocemos como el viaje del héroe: alguien abandona una realidad conocida, atraviesa un territorio que lo obliga a enfrentarse con sus propias limitaciones y, después de una sucesión de pruebas, regresa convertido en alguien que ya no podría habitar el mundo exactamente de la misma manera.

El viaje comienza con una llamada, aunque rara vez llega como una invitación particularmente cómoda.

Mira, estás en el país del sueño. Despierta. Ven de viaje. Hay todo un aspecto de tu conciencia, de tu ser, que no ha sido tocado. ¿Así que estás en casa aquí? Pues no hay suficiente de ti allí. Y así empieza.

Joseph Campbell

En El héroe de las mil caras, Campbell observó que mitos pertenecientes a culturas muy distintas parecían repetir una estructura sorprendentemente parecida: existe un mundo conocido, una ruptura que obliga a abandonarlo, un umbral que debe atravesarse, pruebas para las que el protagonista todavía no está preparado y, eventualmente, alguna clase de regreso. Lo importante nunca fue solamente derrotar al enemigo o conseguir el tesoro, porque aquello que se obtiene al final suele importar menos que la persona en la que fue necesario convertirse para alcanzarlo. El héroe vuelve al mismo lugar y, sin embargo, ya no es exactamente la misma persona que salió de él.

Creo que ocurre algo parecido con cualquier objetivo suficientemente importante. Cada persona termina construyendo su propio viaje, con ambiciones, riesgos y dificultades que difícilmente pueden compararse desde fuera, mientras descubre que querer algo también significa aceptar la posibilidad de no conseguirlo. Entrar voluntariamente en una aventura exige reconocer eso desde el principio, porque no existiría demasiado mérito en perseguir una meta cuyo resultado estuviera garantizado; precisamente la incertidumbre obliga a desarrollar criterio, tolerar errores y continuar avanzando aun cuando todavía no existe ninguna evidencia de que todo ese esfuerzo terminará funcionando.

Por eso tampoco creo ya que el sacrificio tenga una relación matemática con el éxito. Sufrir más no significa merecer más y trabajar hasta destruirse no convierte automáticamente una decisión en inteligente. Podemos esforzarnos muchísimo por algo equivocado y perder, mientras alguien más puede encontrar un camino considerablemente más eficiente hacia el mismo resultado. El valor del sacrificio aparece cuando tiene propósito, cuando aquello que estamos entregando construye capacidades que antes no teníamos y cuando somos capaces de reconocer que perseverar y saber cambiar de dirección son, en ocasiones, manifestaciones distintas de la misma madurez.

Luchar seriamente por algo termina funcionando también como una forma bastante incómoda de autoconocimiento, porque resulta sencillo imaginar nuestras fortalezas mientras todavía no han tenido que demostrar nada. Es durante el proceso cuando descubrimos cuánto soportamos realmente, cuáles son nuestras excusas favoritas, qué hacemos cuando nadie está observando y qué partes de nosotros necesitan todavía bastante trabajo. Algunas fortalezas aparecen precisamente porque fueron necesarias, mientras ciertas debilidades dejan de poder esconderse detrás de la versión idealizada que teníamos de nosotros mismos; quizá crecer consista menos en eliminarlas todas que en aprender cuáles debemos corregir, cuáles podemos compensar y cuáles simplemente forman parte del ser humano que estamos intentando dirigir.

Este año he luchado más que antes y también he empezado a mirar con cierta distancia la idea de convertirme en una versión completamente nueva de mí mismo. No creo que exista realmente un “nuevo yo” esperando aparecer después de suficiente disciplina; sigo siendo la misma persona, aunque con decisiones distintas, algunas habilidades nuevas y errores que ahora puedo reconocer con mayor facilidad. He visto resultados que me entusiasman, también he cometido equivocaciones bastante evitables y he aprendido algo que antes comprendía intelectualmente pero no siempre aceptaba cuando me ocurría: cagarla no necesariamente significa que el proceso está fallando. A veces significa simplemente que por fin estamos intentando cosas en las que todavía no somos suficientemente buenos.

Supongo que mi viaje está bastante lejos de terminar y, en realidad, espero que sea así. Todavía existen demasiadas cosas que quiero construir, aprender y comprobar sobre mí mismo como para desear una llegada definitiva. Voy a mi ritmo, aunque intento no utilizar esa frase como excusa para avanzar más lento de lo necesario; voy aprendiendo, aunque todavía repito errores; voy mejorando, aunque algunos días resulte difícil demostrarlo, y continúo enfrentándome con un adversario que probablemente aparezca en cada etapa del camino bajo formas diferentes: yo mismo.

Comparte esta entrada: