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La ansiedad no siempre quiere destruirte

Julio 22, 2026 · 7 min de lectura

La ansiedad no siempre quiere destruirte
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La ansiedad tiene una característica particularmente convincente: cuando aparece, consigue que aquello que tememos se sienta mucho más probable de lo que quizá sea. El corazón se acelera, empezamos a anticipar escenarios, prestamos atención a cualquier indicio que confirme nuestras sospechas y, en cuestión de minutos, una posibilidad puede sentirse casi como una certeza. El problema es que nuestro cuerpo puede reaccionar ante una amenaza antes de que nosotros hayamos determinado si esa amenaza realmente existe, de modo que sentir miedo y tener razones para sentirlo son dos cosas relacionadas, pero no equivalentes.

Hace un par de años yo no hacía esa distinción. Para mí la ansiedad era una de las peores cosas que me habían pasado, una especie de error de mi cerebro que aparecía para arruinarme el día, hacerme dudar de mí mismo y convencerme de que algo terrible estaba por ocurrir o, cuando no había ninguna catástrofe concreta disponible, simplemente mantenerme en modo alerta por si acaso.

Mi respuesta fue bastante predecible: quería hacerla desaparecer. Mientras más intentaba controlar cada sensación y asegurarme de que nada malo fuera a ocurrir, más espacio terminaba ocupando la hija de puta, porque buscar certeza absoluta frente a una posibilidad incierta es una tarea que difícilmente puede terminar. Siempre existe otra comprobación que hacer, otro escenario que considerar y otro "¿pero qué pasa si...?" esperando después del anterior, así que aquello que inicialmente hacía para tranquilizarme podía terminar alimentando exactamente el proceso del que intentaba escapar.

Con el tiempo empecé a entender la ansiedad de una manera menos hostil, aunque también menos romántica. Ya no la considero simplemente un enemigo, pero tampoco una especie de intuición profunda que siempre intenta revelarme algo importante. La veo más como un sistema de alarma: puede detectar un problema real, puede reaccionar de manera desproporcionada ante uno pequeño y también puede activarse cuando el peligro que anuncia prácticamente no existe. Que suene merece atención, pero no significa automáticamente que haya un incendio.

Hay una diferencia importante entre experimentar ansiedad (algo que forma parte de la vida humana) y vivir con un trastorno de ansiedad que produce sufrimiento significativo o interfiere con la vida cotidiana. En esos casos, convertir todo el problema en una cuestión de actitud puede ser particularmente injusto e insuficiente, porque existen tratamientos psicológicos y farmacológicos que pueden ser necesarios dependiendo de cada persona y de la evaluación profesional. La voluntad importa en muchas partes de nuestra vida, pero no sustituye tratamiento cuando existe una condición clínica que lo requiere.

Esto también cambia la pregunta que intento hacerme cuando aparece. Antes pensaba casi exclusivamente "¿cómo hago para dejar de sentir esto?", mientras ahora intento añadir otra pregunta: "¿Qué está ocurriendo para que me sienta así?". La diferencia parece pequeña, pero la primera convierte inmediatamente la ansiedad en algo que tengo que eliminar, mientras la segunda me obliga a investigar antes de decidir qué significa.

A veces la respuesta es bastante evidente. Tengo un examen importante y no he estudiado lo suficiente, llevo días durmiendo mal, estoy evitando una conversación incómoda o intento controlar una situación que objetivamente no depende de mí. Otras veces la explicación es menos clara y puedo pasar media hora buscando una causa sofisticada cuando probablemente mi cerebro está cansado, sobreestimulado o simplemente siendo un cabrón. No toda ansiedad contiene un mensaje oculto esperando ser descifrado.

Esta distinción me ha servido particularmente antes de exámenes, proyectos importantes, decisiones que podían modificar mi vida y, para qué mentir, algunas relaciones bastante caóticas. Durante una época interpretaba sentir ansiedad como evidencia de que debía detenerme: si algo producía tanto miedo, probablemente era porque había algo mal. Después cometí casi el error contrario y empecé a pensar que la ansiedad significaba que estaba saliendo de mi zona de confort y, por tanto, creciendo.

Ninguna de las dos interpretaciones funciona siempre. A veces sentimos ansiedad porque estamos haciendo algo importante y difícil que vale la pena continuar; otras veces la sentimos porque estamos entrando nuevamente en una situación que ya sabemos que nos hace daño. La sensación puede parecer similar mientras las decisiones razonables son completamente distintas, por eso intento tratar la ansiedad como información y no como una orden.

Hace un tiempo empecé a hacer un ejercicio bastante sencillo cuando noto que estoy entrando en ese estado. Intento separar tres cosas que normalmente aparecen mezcladas: qué estoy sintiendo, qué creo que va a ocurrir y qué evidencia tengo de que realmente ocurrirá. Parece una distinción casi demasiado obvia, pero cuando estoy ansioso puedo pasar de "existe la posibilidad de que esto salga mal" a "esto va a salir mal" sin percatarme de todo lo que ocurrió entre ambas afirmaciones.

Después intento identificar si existe algo concreto sobre lo que puedo actuar. Si no he estudiado suficiente, estudiar tiene más sentido que continuar imaginando el examen; si llevo varios días durmiendo mal, probablemente necesito descansar; si estoy evitando una conversación, quizá el problema no desaparecerá hasta que finalmente la tenga. Y si aquello que temo no depende de mí, seguir pensando tampoco aumenta necesariamente mi control, aunque durante unos minutos produzca la sensación de que estoy haciendo algo.

La ansiedad, entonces, puede contener información valiosa sin tener razón en sus conclusiones. Puede señalar que existe incertidumbre y exagerar simultáneamente el peligro que esa incertidumbre representa, puede recordarme una responsabilidad que estoy evitando y después convencerme de que las consecuencias serán catastróficas, o puede simplemente aparecer sin ofrecerme una explicación satisfactoria. Escucharla no significa creerle.

Otro error que cometí fue asumir que necesitaba sentirme tranquilo antes de hacer determinadas cosas. Parece lógico: primero soluciono la ansiedad y después estudio, presento el proyecto, tengo la conversación o tomo la decisión. El problema es que esa tranquilidad completa puede no llegar y, si la convierto en requisito para actuar, termino concediéndole a la ansiedad una capacidad bastante grande para decidir cuándo puedo vivir normalmente.

He ido aprendiendo algo menos elegante pero más útil: en determinadas circunstancias puedo actuar mientras sigo ansioso. No porque haya vencido la ansiedad ni porque finalmente haya aprendido a controlarla, sino porque una emoción puede estar presente sin convertirse necesariamente en el criterio que determina mi conducta. Puedo tener miedo antes de un examen y aun así presentarlo, puedo sentir incertidumbre respecto a un proyecto y continuar trabajando, y también puedo sentir ansiedad dentro de una relación y decidir alejarme si, después de examinar la situación, encuentro razones suficientes para hacerlo.

Eso tampoco significa que debamos empujarnos siempre hacia adelante. A veces actuar correctamente consiste precisamente en descansar, pedir ayuda, abandonar algo o reconocer que ya llegamos a un límite razonable. La cuestión no es demostrar que somos más fuertes que nuestra ansiedad, sino recuperar cierta capacidad para decidir qué hacer con la información que tenemos, incluida la que proporciona nuestro propio cuerpo.

Por eso ya no necesito pensar que la ansiedad "quiere" destruirme ni que, en secreto, intenta ayudarme. Probablemente ninguna de las dos cosas sea cierta. Es un sistema que intenta anticipar amenazas y que, como cualquier sistema de predicción, puede acertar, exagerar o equivocarse por completo. Mi trabajo no consiste en obedecer cada alarma ni en arrancarla de la pared porque hace demasiado ruido, sino en aprender progresivamente a distinguir cuándo hay algo que atender y cuándo solamente está sonando.

Todavía preferiría que la hija de puta se equivocara con menos entusiasmo. Pero entender que una señal no es una sentencia me ha resultado bastante más útil que intentar no volver a sentirla.

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