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¿Y si el IQ sugiere que Dios no existe?

Marzo 15, 2026 · 4 min de lectura

¿Y si el IQ sugiere que Dios no existe?
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Hay algo extraño en descubrir cuánto de aquello que consideramos profundamente nuestro depende de condiciones que nunca elegimos. La inteligencia es un buen ejemplo. Podemos estudiar, desarrollar ciertas capacidades y aprender a utilizar mejor las que tenemos, pero no comenzamos todos desde el mismo lugar. Parte de esas diferencias tiene componentes genéticos y biológicos, de modo que incluso antes de preguntarnos qué hacemos con nuestra inteligencia debemos aceptar una realidad menos cómoda: su distribución es, hasta cierto punto, arbitraria.

El IQ intenta medir algunas de esas diferencias mediante pruebas estandarizadas de determinadas capacidades cognitivas. Es una medida imperfecta y no representa la totalidad de la inteligencia humana, mucho menos el valor de una persona, pero tampoco mide algo irrelevante. Las capacidades cognitivas tienen una heredabilidad considerable y dependen del desarrollo y funcionamiento del cerebro. Una lesión cerebral, una enfermedad neurodegenerativa o determinadas alteraciones del desarrollo pueden modificar profundamente la memoria, el razonamiento, la conducta e incluso aspectos de la personalidad. El cerebro, aparentemente, no es solamente el instrumento mediante el cual expresamos nuestra mente. Está íntimamente relacionado con aquello que la mente puede llegar a ser.

Aquí es donde la pregunta sobre Dios empieza a interesarme, aunque probablemente el título de este artículo sea demasiado ambicioso. El IQ no demuestra que Dios no exista. Tampoco la desigualdad intelectual constituye por sí misma una refutación del teísmo. Un creyente podría responder que la justicia divina no implica distribuir capacidades idénticas, que nuestra existencia terrenal no agota la identidad humana o simplemente que el propósito de Dios no puede inferirse a partir de nuestras diferencias cognitivas. Son respuestas posibles, aunque no estoy completamente seguro de que resuelvan el problema que realmente me interesa.

Mi duda no es tanto por qué Dios permitiría que una persona tenga un IQ mayor que otra, sino qué significa que nuestra experiencia mental dependa tan profundamente de un cerebro que puede cambiar, deteriorarse y finalmente dejar de funcionar. Si modificando materia cerebral podemos modificar memoria, razonamiento, temperamento o percepción, resulta razonable preguntarse qué queda exactamente de nosotros cuando esa materia desaparece. La idea tradicional de un alma separada del cuerpo parece necesitar explicar no solamente cómo sobrevive la conciencia, sino también cómo conserva una identidad que durante toda nuestra vida estuvo vinculada al funcionamiento cerebral.

Esto tampoco demuestra que el alma no exista. Podría concebirse un alma cuya naturaleza sea distinta de la memoria, la inteligencia o la personalidad, aunque entonces aparece otro problema conceptual: mientras más características de una persona atribuimos al cerebro, más difícil resulta explicar qué significa decir que esa misma persona continúa existiendo después de su muerte. Una conciencia sin mis recuerdos, sin mi manera de razonar, sin buena parte de mi personalidad y sin la continuidad de mi experiencia podría seguir siendo "algo", pero no resulta evidente por qué debería seguir siendo "yo".

Quizá por eso la neurociencia no elimina necesariamente la posibilidad de Dios, pero sí vuelve más difícil cierta concepción intuitiva del alma. Podemos seguir creyendo que existe alguna dimensión de la conciencia que trasciende al cerebro, aunque esa afirmación requiere algo más que señalar que la materia parece insuficiente para explicar nuestra experiencia subjetiva. También debe explicar por qué alterar el cerebro altera de manera tan consistente aquello que identificamos como mente.

No sé si de esto se sigue que después de la muerte no existe nada. Sería contradictorio criticar una certeza religiosa sustituyéndola inmediatamente por una certeza materialista que tampoco puedo demostrar. Lo que sí cambia para mí es la proporción de la duda. Mientras más comprendo hasta qué punto memoria, inteligencia, personalidad y percepción dependen de un organismo físico, menos intuitiva me resulta la idea de que existe dentro de nosotros una versión completa e independiente de quienes somos esperando continuar cuando ese organismo desaparezca.

Y si finalmente no existe esa continuidad, la consecuencia tampoco tiene que ser nihilista. Que una experiencia termine no significa que mientras existe carezca de valor. Quizá hemos confundido durante demasiado tiempo permanencia con importancia, como si algo necesitara durar eternamente para haber importado. No sé si tenemos otra vida después de esta. Precisamente por eso me parece razonable concederle a esta una importancia que no dependa de la promesa de otra.

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